Los seres humanos tenemos el dudoso honor de llevar extinguiendo especies casi desde que nos diferenciamos como una, hace más de 300.000 años. Cada una de esas especies tiene una historia detrás, pero la que estáis a punto de leer sobre el alca gigante, es una de las más trágicas y mejor documentadas de todas. Un reflejo de la sociedad de la época, de todo lo que hemos avanzado desde entonces, y de lo que nos queda por delante.
El alca gigante: el “pingüino original”
Imagina una isla fría y azotada por la niebla en mitad del Atlántico Norte: rocas negras, oleaje constante y, sobre la piedra desnuda, miles de aves negras y blancas tan altas como un niño pequeño, mirando al mar. Son pingüinos, pero no unos pingüinos cualesquiera. Se trata de los pingüinos originales, de quien recibieron el nombre los pingüinos que todos conocemos hoy en día por su parecido físico. Hoy las conocemos como alcas gigantes, Pinguinus impennis, un ave marina incapaz de volar, pero perfecta para bucear, que durante milenios dominó esas costas heladas.

Esta escena que acabo de describir es imposible de ver desde hace casi 200 años. Exactamente desde el 3 de junio de 1844, día en el que se extinguió (o mejor dijo, extinguimos) al alca gigante. Hoy solo las conocemos a través de ilustraciones, maquetas y ejemplares disecados en vitrinas de museo. En la naturaleza desaparecieron tras siglos de caza intensiva para aprovechar su carne, su grasa, sus plumas y sus enormes huevos moteados.
Tanto se parecían a los pingüinos actuales que los marineros les dieron primero a ellas el nombre de “pingüino”. De hecho, el término se aplicó originalmente al alca gigante, probablemente a partir del galés pen gwyn, “cabeza blanca”, por las manchas claras de su cabeza. Lo que no sabían aquellos marineros es que estaban borrando de la Tierra, casi sin darse cuenta, al auténtico “pingüino original”. Y que su historia terminaría siendo uno de los casos más bien documentados, y por ello más trágicos, de extinción provocada por humanos.
Biología y vida cotidiana del alca gigante
Lo cierto es que el alca gigante era muy parecida físicamente a los pingüinos que todos conocemos. Era el mayor miembro moderno de la familia de los álcidos. Medía alrededor de 70–75 centímetros de altura y pesaba en torno a 5 kilos, con el dorso negro, vientre blanco y una gran mancha blanca entre el ojo y el pico que le daba ese aspecto de “traje de etiqueta” marino. Sus alas, de apenas unos 15 centímetros, eran demasiado cortas para volar, pero funcionaban como potentes aletas bajo el agua.
Lejos de ser torpe en su elemento, el mar, el alca gigante era una buceadora experta: utilizaba esas alas diminutas para “volar” bajo el agua, persiguiendo peces y crustáceos en aguas frías del Atlántico Norte. En tierra, en cambio, era lenta y confiada, lo que la hacía prácticamente indefensa frente a cualquier humano que pusiera un pie en sus colonias.

Su ciclo vital estaba ajustado a un equilibrio muy fino. Criaba en colonias extremadamente densas, en pocas islas rocosas muy específicas, frías, con buenos recursos marinos y acantilados difíciles de escalar para la mayoría de los depredadores. Cada pareja ponía un único huevo al año directamente sobre la roca desnuda, sin nido elaborado, y ambos progenitores compartían la incubación durante unas seis semanas y el cuidado del polluelo, que abandonaba la colonia a las dos o tres semanas, aun dependiendo de sus padres en el mar.
Este modo de vida, con solo un solo huevo grande por temporada, colonias muy concentradas y especialización en unas pocas islas, funcionó durante miles de años. Pero también convertía a la especie en un blanco perfecto: bastaba con aumentar un poco la mortalidad de los adultos reproductores para que las poblaciones empezaran a desplomarse.
Cuando los humanos consideraron al alca gigante una “despensa flotante”
Los humanos descubrieron muy pronto lo fácil que era aprovecharse de esta ave confiada. Los restos arqueológicos muestran que pueblos costeros del Atlántico Norte, tanto indígenas de Norteamérica como comunidades europeas, consumían carne y huevos de alca gigante desde tiempos prehistóricos. No hacía falta persecución: en tierra eran tan torpes que se dejaban capturar casi con las manos.
En la Edad Media y el arranque de la Edad Moderna, la relación se intensificó. Pescadores vascos, bretones, ingleses y de otros orígenes empezaron a usar las colonias de alcas como auténticas “despensas flotantes” durante sus largas campañas de pesca del bacalao en el Atlántico Norte. Los testimonios hablan de escenas casi surrealistas: tablones apoyados desde la roca hasta la cubierta del barco, por los que las aves subían empujadas o asustadas, para ser sacrificadas en masa y transformadas en carne fresca, grasa, aceite o incluso cebo para más pesca.


Durante los siglos XVI y XVII, con la llegada masiva de flotas europeas a los grandes caladeros de Terranova y otras islas, la matanza se disparó. Las fuentes de la época hablan de “enormes números” de alcas sacrificadas sin ningún tipo de regulación, y análisis modernos estiman que pudieron matarse decenas de miles de aves en unas pocas décadas solo en lugares como Funk Island. Para una especie de baja fecundidad, aquello era una receta para el desastre.
Escalada y coleccionismo: cuando cada huevo de alca gigante vale una fortuna
En el siglo XVIII la presión dio un giro. Además de su carne y su grasa, las plumas del alca gigante empezaron a valorarse como materia prima para ropa de abrigo y relleno de colchones. Sus huevos, grandes, blancos y manchados de marrón con patrones muy variables, se convirtieron en piezas codiciadas por coleccionistas privados y museos.
A medida que las alcas gigantes se volvían raras en buena parte de Europa y Norteamérica, su valor en el mercado internacional no hacía más que subir. Hacia finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, la especie había desaparecido de la Europa continental y de muchas de sus antiguas colonias de cría, sobreviviendo solo en unas pocas islas remotas cerca de Islandia y Escocia.
En esta fase final, el motor de su persecución dejó de ser la subsistencia local y pasó a ser el coleccionismo: naturalistas, museos y particulares adinerados organizaban expediciones con un objetivo declarado y casi macabro, conseguir “el último” ejemplar para sus vitrinas. Paradójicamente, el afán por conservar la memoria de la especie aceleró la desaparición de las últimas alcas vivas.

Un clímax trágico: el golpe de mala suerte y la última pareja de Eldey
Pocas historias de extinción están tan bien documentadas como la del final del alca gigante. Sabemos que en 1830 un tremendo golpe de mala suerte, en forma de erupción volcánica, hundió uno de los últimos lugares donde esta especie podía refugiarse de los humanos, la escarpada isla de Geirfuglasker. Esto obligó a las aves a concentrarse en la vecina isla de Eldey, más accesible para los humanos. Esa simple reubicación convirtió a Eldey en el escenario del acto final.

Para hacernos una idea de la importancia de esta isla para los alcas, su nombre, Geirfuglasker, deriva del nombre que le daban los pueblos nórdicos a esta ave, geirfugl.
En la imagen, fotografía actual de la isla de Eldey. De Dagur Brynjólfsson, CC BY-SA 2.0
En junio de 1844, tres cazadores islandeses desembarcaron en Eldey con una misión muy concreta: capturar alcas gigantes para venderlas como especímenes de museo. Allí encontraron una pareja incubando un único huevo sobre la roca desnuda. Los relatos de testigos y las reconstrucciones posteriores cuentan que los hombres se abalanzaron sobre las aves, las estrangularon en la lucha y, en medio del forcejeo, el gran huevo moteado se aplastó contra la piedra.
Lo más estremecedor es el nivel de detalle que conocemos: nombres de los cazadores, fechas precisas (2–3 de junio de 1844), el islote exacto y hasta el destino de los órganos internos conservados en alcohol en Copenhague. Esa pareja de Eldey se considera el último registro fiable de alcas gigantes vivas; puede que algún individuo aislado sobreviviera un tiempo más sin ser detectado, pero todo indica que la especie desapareció del mundo natural poco después.
Mientras tanto, lo que quedaba de ellas se repartía en museos de medio planeta. Hoy se calcula que existen alrededor de 80 ejemplares disecados de alca gigante y un número similar de huevos completos o fragmentados en colecciones de historia natural, silenciosos testigos de aquel “crimen muy bien documentado”.
ADN para encontrar a los alcas gigantes de Eldey
Durante más de un siglo, los ornitólogos discutieron qué pieles de museo correspondían exactamente a aquella última pareja de Eldey. Se sabía que las aves habían sido despellejadas y que sus órganos estaban en frascos de vidrio en el Museo de Historia Natural de Dinamarca, pero el rastro de las pieles se había perdido entre colecciones europeas.

Original public domain image from Smithsonian

Museo de Historia Natural de Dinamarca. FunkMonk, CC BY-SA 4.0
Dos estudios recientes consiguieron resolver el enigma utilizando ADN antiguo: los investigadores extrajeron material genético de esos órganos conservados y lo compararon con el ADN de diversas pieles de alca gigante repartidas por museos. Gracias a esta especie de investigación forense, lograron identificar qué ejemplares disecados correspondían al macho y a la hembra de Eldey, localizando al macho en el Real Instituto Belga de Ciencias Naturales de Bruselas y, en otro trabajo publicado en 2025 en la Zoological Journal of the Linnean Society, también a la hembra en el Museo de Historia Natural y Ciencias de Cincinnati, en Ohio (Estados Unidos).
Otro estudio clave, publicado en la revista eLife, analizó genomas mitocondriales completos de 41 alcas gigantes datadas entre unos 15 000 y 170 años antes del presente, procedentes de museos y yacimientos arqueológicos de todo su rango geográfico. Los resultados fueron sorprendentes: la especie mantenía una diversidad genética alta y no mostraba señales claras de cuellos de botella severos antes de la caza industrial de los siglos XVI–XVIII.
Combinando estos datos con modelos de viabilidad poblacional y simulaciones de dispersión basadas en corrientes oceánicas, los autores concluyeron que el alca gigante podría haber mantenido poblaciones estables durante largos periodos en ausencia de explotación humana intensa.
En pocas palabras: La caza humana fue causa suficiente para llevar al alca gigante a la extinción.
Aprender antes de los “últimos ejemplares”
El caso del alca gigante es incómodamente claro. Por un lado, nos recuerda que ni la abundancia ni la amplitud de distribución geográfica garantizan nada cuando una especie entra en la órbita de la explotación humana desregulada. Durante buena parte de su historia reciente, el alca gigante fue vista casi como un recurso inagotable: bandadas densas, colonias abarrotadas, una especie “común” en muchas costas. En apenas unos siglos, desapareció.
Por otro lado, ilustra hasta qué punto ciertos rasgos de historia de vida (baja fecundidad, longevidad alta, reproducción en colonias concentradas) hacen a una especie especialmente vulnerable a la caza, al saqueo de huevos y al coleccionismo, incluso cuando a primera vista parece abundante. El problema no fue solo cuánto se mató, sino sobre todo a quién: adultos reproductores en colonias clave, año tras año.
En el caso del alca gigante, las preocupaciones científicas y los intentos de protección llegaron demasiado tarde, cuando la especie ya era rara y cada individuo superviviente valía una fortuna para los coleccionistas. Hoy, muchas especies marinas y terrestres, desde aves marinas de baja fecundidad hasta grandes peces, tortugas o mamíferos, comparten ese mismo cóctel de vulnerabilidad biológica y presión humana intensa.
Si algo enseña la historia del “pingüino original” es que la conservación eficaz no puede empezar cuando ya estamos contando los últimos ejemplares. Debe adelantarse al declive visible, actuar mientras la diversidad genética sigue alta y las poblaciones aún son grandes, y poner límites claros antes de que la explotación transforme una especie abundante en otro fantasma de museo.
En el fondo, el animal con peor suerte de la historia no fue víctima del azar, sino de una sucesión muy humana de decisiones. Y esa es precisamente la parte de la historia que todavía podemos cambiar.
Bibliografía
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